bellaco
blog personal · desde 2002

Fulgurillo

poesía · prosa · pensamientos dispersos

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Los relojes dormidos

Era un planeta fuera de otro planeta dentro de otro planeta. Una mañana bellaCo despertó y todos los relojes estaban roncando. El de la cocina hacía un ruido como motor de tractorcillo, el del cuarto sonaba como gato perezoso, y el de la sala - el más grande y presuntuoso - resoplaba como ballena enfadosa. Büilare se despertó furiosa porque no podían saber qué hora era. Los relojes dormían profundamente y sus manecillas se habían vuelto de algodón. •⁠ ⁠¡Despiértense, flojos! - les gritaba Büilare con sus manitas en la cintura. Pero los relojes siguieron durmiendo. Entonces bellaCo tuvo una idea maliciosa. Se comió tres cucharadas de miel pegajosa y se puso a caminar al revés por toda la casa. Al principio no pasó nada, pero luego el tiempo comenzó a correr hacia atrás. Los huevos del desayuno regresaron a ser gallinas pequeñitas que salieron corriendo por la ventana. El sol empezó a esconderse detrás de las montañas y la luna apareció bostezando. Los relojes despertaron asustadísimos viendo que sus números corrían al revés. Se pusieron a gritar la hora correcta desesperados: ¡las siete! ¡las seis! ¡las cinco! bellaCo se cagó de risa viendo el pánico de los relojes. Büilare le pegó con una cuchara de madera en la cabeza y todo volvió a la normalidad. Menos los huevos. Esos siguieron siendo gallinas.
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La lluvia que no cesa y otros presagios del mediodía

Hay días en que el tiempo se detiene y la lluvia golpea las ventanas como si tuviera algo urgente que decirnos. Este es uno de esos días. Me senté junto al cristal empañado y escribí tu nombre con el dedo, luego lo borré, como hacemos siempre con las cosas importantes. Afuera, la ciudad continuaba su monólogo eterno. Adentro, el silencio era tan denso que casi se podía cortar. La lluvia insistía. Yo también.
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El silencio también tiene su propio vocabulario

Aprendí a escuchar los espacios entre las palabras antes de entender las palabras mismas. Mi abuela hablaba poco. Era una mujer de silencios elocuentes, de pausas que valían más que cualquier discurso. Cuando algo le alegraba, callaba. Cuando algo le dolía, también. Heredé algo de eso. O eso me gusta creer. En realidad, simplemente no sé bien cómo decir las cosas importantes. Las cosas pequeñas, las banales, esas salen solas. Pero cuando algo me pesa o me llena, busco las palabras y descubro que se han ido todas, que solo queda ese espacio vacío que mi abuela hubiera sabido llenar con una mirada.
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